48 horas para decidir.
Cuarenta y ocho horas, ni un minuto más.
Ese era el plazo que su padre le había concedido.
No para reflexionar sobre su quería pertenecer a la mafia rusa, o no.
Era para obedecer.
Yuri Romanov, permanecía de pie frente al enorme ventanal de su departamento.
El doctor era atractivo, su padre había sido uno de los mafiosos más apuestos en sus tiempos jóvenes, e incluso en la actualidad conservaba su porte y elegancia.
Tanto, que las mujeres jóvenes se peleaban por él, y por ser su