El silencio que siguió a las palabras de Caricia fue devastador.
Nadie en el gran salón Villarreal se atrevía a respirar.
Las cámaras de los periodistas seguían grabando frenéticamente mientras la élite de Aurelia observaba, horrorizada y fascinada al mismo tiempo, cómo una de las familias más poderosas del país se destruía públicamente frente al ataúd de su patriarca.
Adrián Villarreal quedó inmóvil.
Su propia hija acababa de señalarlo delante de todos.
Y por primera vez en muchos años… perdió