La foto del contrato seguía en la estantería del despacho.Leonardo la había mirado durante semanas sin verla de verdad, con esa capacidad que tienen los objetos conocidos de volverse invisibles cuando están demasiado tiempo en el mismo lugar. Pero el martes por la mañana, sentado en el escritorio con el café sin tocar y una hoja en blanco frente a él, la foto hizo lo que los objetos hacen cuando finalmente se los mira: devolvió exactamente lo que era.Cuatro hombres alrededor de una mesa firmando algo. Emilio en el centro, con esa expresión suya de quien ha llegado al resultado que calculó. Tomás Rivas a la derecha, con la postura de alguien que cumple pero no celebra. Leonardo a la izquierda del padre, más joven por unos años pero con la misma mandíbula y el mismo modo de sostener el bolígrafo como si un contrato fuera solo otro instrumento de trabajo. El cuarto hombre era el abogado,
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