Markos nos guió por los pasillos aún desiertos. Sus pasos eran rápidos, tensos, pero calculados. Yo seguía cerca, con Edelle dormida —milagrosamente— en mis brazos. Mi respiración seguía irregular; me temblaban los dedos, los hombros, la garganta.Subimos las escaleras, y justo en el segundo tramo vi algo sobre el suelo: una mancha oscura, espesa… sangre.Markos la señaló con la cabeza, sin dejar de avanzar.—Si no hubiera sido por eso, no sabría que estabas en problemas —murmuró.Me estremecí.Bueno, eso explicaba las manchas por el camino.Apreté a mi hija un poco más fuerte y seguí subiendo.Cuando llegamos a la habitación, él cerró la puerta con fuerza.Selene estaba dentro, con el rostro torcido por la preocupación. Su expresión cambió un poco cuando me vio, pero no me miró directamente. Sus ojos bajaron hacia el suelo detrás de mí… hacia las gotas de sangre que aún seguían cayendo de mis piernas.Parpadeé confundida. ¿Cómo no lo había notado antes?—Dame a la bebé —susurró Selen
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