(Markos. Inicios Parte II)
El dolor me despertó como un puñal ardiente atravesando mi conciencia.
Abrí los ojos con esfuerzo. Cada parpadeo se sentía como una batalla; cada latido, una tortura. La última imagen que recordaba era la de aquellas garras negras desgarrando mi vientre. Estaba seguro de que moriría. Lo había aceptado.
Pero no. Seguía con vida.
El techo de madera, familiar y agrietado, me dio la bienvenida como si nada hubiera pasado. Estaba en mi habitación, en la Casa de la Manada. La luz tenue del atardecer