Seduciendo a mi Luna con Miel
Seduciendo a mi Luna con Miel
Por: L. Villalpando
Prólogo Parte I.

—Suéltala —dijo mi sobrino en la oscuridad.

—Claro que no. Ahora, sé un buen cachorro y sígueme. 

Quise protestar, ordenarle que regresara al escondite, a la única seguridad que nos quedaba. Pero no pude. Convertirme en Luna en contra de mi voluntad me había dejado aturdida, débil, como si mi propio cuerpo ya no me perteneciera.

Algo luminoso se aferraba a mi piel. Lo sentía debajo, corriendo por mis venas, recordándome que ya no era una hembra normal.

Y fue justo en ese momento cuando el traidor —mi tío— decidió venir por mí… y por lo que quedaba de mi familia.

Tres miembros de nuestro propio clan sujetaron mi cuerpo agonizante y comenzaron a arrastrarme fuera de la cueva. La piedra raspó mi espalda, mi ropa, mi dignidad. Apenas podía mantener los ojos abiertos, pero aun así lo vi.

Mi sobrino.

Venía detrás de nosotros.

No.

Quise gritarle que se fuera. Que volviera con sus hermanos. Que mi trabajo era protegerlo a él, no al revés. Pero mi cabeza pesaba demasiado. Mi lengua no respondió. Mi cuerpo… tampoco.

Me sentí patética.

¿En qué momento pensé que podría hacerme cargo de tres cachorros después de abandonar la manada? ¿Después de que ese monstruo matara a mi hermano para reclamar el puesto de Alfa?

Por supuesto, él nunca podría ser Alfa mientras uno de los herederos siguiera con vida.

Y ahí estaba Mikael.

Siguiendo al hombre que planeaba matarlo.

Solo porque… me amaba.

Así como yo lo amaba a él.

Hice un último intento por moverme, por hablar, por detenerlo. Fue inútil.

Salimos de la cueva.

La luz del exterior atravesó mi cráneo como si alguien clavara garras dentro de mi cabeza. Gemí. La lluvia cayó sobre mí de inmediato, fría, insistente, empapándome hasta los huesos.

En algún punto, los hombres que me arrastraban se transformaron. Uno de ellos me lanzó sobre su lomo y comenzó a correr. Yo apenas era consciente de nada. Entraba y salía de la oscuridad, atrapada en ese limbo donde el dolor nunca desaparece, solo cambia de forma.

No sé cuánto tiempo pasó.

Cuando volví a abrir los ojos, estábamos dentro de otra cueva. Más grande. Más profunda. Más oscura.

El dolor en mi cabeza disminuyó apenas lo suficiente para poder enfocar.

Y entonces los vi.

Mi clan.

Un jadeo roto escapó de mi garganta.

Estaban encogidos, temblando, apenas cubiertos por harapos. Demacrados. La piel pegada a los huesos. Ojos hundidos. Vacíos.

Hambre.

Desesperación.

Eso fue lo que hizo con ellos.

Mientras yo huía con mis sobrinos, él se aseguró de llevar al resto al borde de la muerte.

—Lleven a la hembra a la piedra ceremonial —ordenó mi tío, transformándose sin siquiera mirarme.

No le importaba.

Su atención estaba completamente puesta en Mikael, que observaba la escena con horror.

Me arrastraron hasta el centro de la cueva y me dejaron caer sobre una superficie de piedra irregular. Puntiaguda. Fría. Sentí cómo la piel de mi espalda se abría en varios puntos, pero no hice ningún sonido.

No tenía fuerzas ni para eso.

El mundo giraba. El olor a humedad, sangre y miedo me llenaba los pulmones. Estaba segura de que vomitaría en cualquier momento.

—Deja ir a mi tía. Tu pelea es conmigo —dijo Mikael 

Su voz temblaba… pero no retrocedía.

—Llegaremos a tu muerte pronto, querido sobrino —respondió el traidor, riendo—. Mientras tanto, deberías observar. Aprende cómo salvo a este clan de la extinción.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

Estaba completamente loco.

Comenzaron a atarme. Cuerdas gruesas alrededor de mis muñecas, mis tobillos, tensándome contra aquella piedra extraña. Intenté resistirme. No lo logré.

Por el rabillo del ojo vi a un hombre acercarse.

Una jeringa en la mano.

El pánico me golpeó de lleno.

La luz bajo mi piel reaccionó de inmediato, expandiéndose, ardiendo, como si intentara escapar.

Pero era inútil. Nada iba a salvarme.

Cerré los ojos.

No por mí. Por ellos.

Por no haber hecho más. Por no haber sido suficiente para proteger a mis sobrinos… ni a la pequeña cachorra que había decidido llamar mía.

No servía como protectora.

No servía para nada.

Ojalá… mi muerte no fuera en vano.

—Yo soy Mikael, el verdadero Alfa del clan que intentas arrebatar, traidor.

Abrí los ojos de golpe.

La voz de Mikael ya no temblaba.

Era fría.

Irreconocible.

—Te reto —continuó—. Frente a nuestro pueblo. A un duelo a muerte por el liderato.

El hombre de la jeringa se detuvo.

El aire en la cueva cambió.

Silencio.

Según nuestras tradiciones, un reto así no podía ignorarse. Todo el clan debía presenciarlo. Nadie podía intervenir.

Ni siquiera yo.

Mi tío soltó una carcajada.

Larga. Burlona. Segura.

Y aun así…

A mí se me heló la sangre.

Porque en los ojos de Mikael… no había miedo.

Había decisión.

Y eso era mucho peor.

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Noelia Moriconiguau, esto parece estar bueno.
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