Una madrugada, un hombre muy extraño entró a su habitación. Gabriela, al verlo, gritó. El miedo la invadió por completo. Pero él, sin decirle una sola palabra, la tomó con fuerza de los brazos y la arrastró hasta otro cuarto. Era un lugar muy húmedo; parecía una vieja despensa abandonada. -¿Quién eres? ¿Qué me vas a hacer? -preguntaba ella desesperada. De pronto sintió un pinchazo en su brazo. Cuando logró enfocar la mirada, vio que era su propia madre quien la había inyectado con anestesia. Gabriela cayó al piso. Todo le daba vueltas. Apenas podía ver cómo pasaban sobre su cabeza trapos manchados de sangre. Estaba atontada, sin entender lo que sucedía. Pero de repente lo comprendió todo. Su hijo había sido asesinado por su propia madre. Le estaban arrebatando a una madre su hijo. Las lágrimas corrían silenciosas por su rostro mientras sentía su corazón partirse en dos. Poco a poco, la oscuridad la envolvió y quedó profundamente dormida. Cuando despertó, sintió un vacío inme
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