-¡Gabriela...! ¡Gabriela!
El grito no era una simple llamada; era un trueno que rasgaba la paz del pequeño pueblo. Los habitantes, acostumbrados a esa letanía nocturna, se limitaban a suspirar mientras cerraban sus pesadas ventanas de madera. Sabían perfectamente de quién se trataba: Doña Karlota García.
Karlota era una mujer cuya sola presencia imponía el mismo respeto gélido que el mármol de una cripta. No caminaba, ella marchaba. Su carácter era una armadura de principios inamovibles