Había pasado una semana desde aquel encuentro en la oficina que dejó a Eira con el corazón fragmentado y la dignidad en entredicho. Siguiendo su instinto de supervivencia, decidió aplicar la ley del hielo más absoluta. En los pasillos, sus ojos pasaban sobre Keelen como si fuera un espacio vacío en la pared; en clase, se sentaba en la última fila, ignorando sus preguntas y manteniendo su mirada fija en sus apuntes, negándole el placer de verla sumisa.Esa mañana, el ambiente en el aula de Historia del Arte estaba inusualmente relajado. Eira estaba sentada con un grupo de compañeros, riendo con una ligereza que no sentía, pero que proyectaba con maestría. Entre ellos estaba Julián, un estudiante de arquitectura, alto y carismático, que no había ocultado su interés por ella desde el primer semestre.
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