Christopher. Alana no reacciona. Se queda ahí, de rodillas frente a mi hija, en un silencio absoluto que de inmediato enciende mis alarmas. Frunzo el ceño, percibiendo cómo la ligereza del ambiente se evapora en un segundo. —¿Alana? Sus hombros se ponen rígidos. Muy despacio, alza la cabeza para mirarme. Sus ojos verdes, siempre tan expresivos, lucen opacos, y su rostro ha perdido todo el color. Se queda muda un instante más, hasta que algo parece hacer clic en su mente; se levanta de golpe, tomándome por sorpresa. —Lo siento —dice, soltando una risa que suena completamente hueca—. Es solo que... hace años que no veía un collar puramente artesanal. Me trajo recuerdos. Mantengo una expresión serena, aunque es evidente que hay algo mucho más profundo detrás de su reacción. Quiero insistir, presionar para que me cuente, pero ya ha hecho demasiado. Y si algo he aprendido con ella, es que mientras menos la presione, mejor; terminará confiando en mí y hablando por su cuenta ta
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