Christopher.En cuanto el jet alcanzó la altitud de crucero, le insistí a Alana en que nos acostáramos en la cama de la cabina principal. Necesitábamos dormir para amortiguar el golpe del jet lag, pero, sobre todo, para darnos una tregua. Las últimas cuarenta y ocho horas habían sido un ajetreo salvaje y destructivo, y nuestros cuerpos necesitaban apagarse.El problema es que mi esposa tiene otros planes.Alana se remueve por quinta vez en menos de diez minutos y, al girarse con torpeza, me encaja un codazo involuntario justo en las costillas.—Uy... —suelto un quejido bajo, abriendo un solo ojo.La encuentro hecha un manojo de nervios, mirando hacia el techo de la cabina con los ojos como platos. Paso un brazo por su cintura, ejerzo un poco de fuerza y la aprieto firmemente contra mi pecho para contener su inquietud.—Alana, por favor, intenta dormir —le pido con la voz ronca, enterrando el rostro en su cabello.—No puedo dormir, Christopher. Todo se escucha sumamente... extraño. ¿Es
Leer más