El silencio dentro del Museo del Louvre a la una de la madrugada era casi sagrado. No era el silencio de una habitación vacía, sino el eco suspendido de siglos de historia observando desde las sombras. Valerian había alquilado la Galería Daru en exclusiva, un capricho de magnate que le permitía a Alexandra caminar bajo los techos abovedados con el único sonido de sus tacones resonando contra el mármol pulido.Llevaba un vestido de seda esmeralda que fluía como agua a su alrededor, y un collar de diamantes en la garganta que pesaba como una hermosa, pero ineludible, cadena.Valerian la tomó de la mano, sus dedos largos y artísticos acariciando sus nudillos mientras la guiaba hacia la imponente Victoria de Samotracia. La luz tenue y cálida del museo bañaba el rostro del aristócrata, dándole un aura casi angelical.—Mírala —susurró Valerian, su voz aterciopelada rebotando suavemente en la piedra—. Sin cabeza, sin brazos, rota por el tiempo y las batallas. Y aun así, sigue siendo el epíto
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