**DAMIAN**El pacto húmedo de nuestras bocas se desató entonces, un torbellino de pasión que se manifestó con la furia incontenible del mar, ese mismo mar que, en otro tiempo, había cimentado y elevado mi imperio. Cada beso era una confirmación, un juramento tácito de que la sumisión voluntaria de mi esposa, ese acto de entrega mutua y consciente, era el único balance, la única cuenta, el único activo que realmente me importaba consolidar en esta vida. En esa entrega, en esa unión, residía la verdadera riqueza, el verdadero poder, el único dominio que mi alma anhelaba poseer y preservar por siempre.“Te creías libre en tus viñedos del norte, Elena, pero en este encierro de bronce sigues respondiendo exclusivamente a mi frecuencia”.Nos complementábamos de una forma implacable: mi estructura de millonario indomable ponía las rejas de oro para protegernos del fango, y su entrega afectuosa terminaba por quebrar la última línea de mi hielo corporativo. Cuando la tormenta de nuestra pasión
Leer más