Lucas Montenegro tenía noventa y dos años cuando sintió que su tiempo en esta tierra llegaba a su fin.
Era una noche tranquila de diciembre de 2072. La casa grande en Santo Domingo estaba llena de vida, como siempre. Sus bisnietos y tataranietos corrían por el jardín con linternas, celebrando la Navidad anticipada. Las risas llenaban el aire, mezclándose con el sonido del mar y el aroma de los pasteles que Isabel había preparado siguiendo la receta de su abuela Valeria.
Lucas estaba sentado en