El año era 2132. Habían pasado veintidós años desde la partida de Lucas Rafael Montenegro, y la casa grande de Santo Domingo se había convertido en un verdadero templo vivo de la memoria familiar. El flamboyán que sombreaba las tumbas era ahora un árbol majestuoso, cuyas flores rojas caían como bendiciones sobre las lápidas cada mes de mayo.Esa tarde de julio, la familia celebraba el vigésimo aniversario de la muerte de Lucas Rafael. Más de ochenta personas llenaban la casa y los jardines. Siete generaciones compartían el mismo espacio, desde Isabel, que ya tenía noventa y siete años y se movía en silla de ruedas pero conservaba la lucidez intacta, hasta el tataranieto más pequeño, un niño de tres años llamado Mateo Rafael.Valeria, con cincuenta y ocho años, seguía siendo la guía espiritual de la familia. Estaba de pie en la terraza, con el viejo cuaderno en las manos, mirando el mar que nunca cambiaba.—Hoy no venimos a llorar —dijo con voz firme pero llena de cariño—. Venimos a ce
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