Elena ni siquiera se dignó a mirarlo a los ojos mientras se subía con cuidado al banco de madera para alcanzar el estante superior. El silencio que se instaló en la cocina era tan denso que casi podía cortarse con el mismo cuchillo que ella había usado hace un momento.—Bájate de ahí ahora mismo —ordenó Diego. Su voz ya no sonaba furiosa, sino cargada de un pánico genuino que intentaba camuflar con autoridad. Dio un paso hacia adelante, extendiendo los brazos de manera instintiva para sostenerla por la cintura, pero se detuvo a mitad de camino cuando vio la rigidez en la espalda de la joven.—Aparca eso, ya te dije que puedo sola, Diego. No estoy de manos cruzadas ni inválida —replicó Elena con un tono plano, sin una pizca de emoción. Logró tomar el recipiente que buscaba y, con movimientos lentos y calculados, volvió a apoyar los pies en el suelo firme. Al bajarse, se aprontó a dar un paso al costado, esquivando de forma evidente el contacto físico con él.Diego sintió un vuelco en e
Leer más