—Señorita Elena, ¿le falta dulce al budín? ¿Quiere que le traiga un poco más de jarabe de la cocina? —preguntó el ama Minah con voz suave, rompiendo la quietud de la tarde.
Elena sonrió apenas, sacudiendo la cabeza lentamente.
—No es necesario, ama. Está perfecto así. Muchas gracias por quedarse aquí a acompañarme.
—Es mi deber, señorita. El señor Diego también me encargó que...
—Vaya, vaya... qué relajada estás a estas horas de la tarde. Comiendo budín en el jardín como si fueras una reina en