Esa mañana, la lluvia caía con brutalidad, golpeando los ventanales de la mansión con un ritmo sofocante. Tal como había prometido, Diego apareció en el umbral de la habitación de Elena exactamente a las nueve. Permanecía erguido, envuelto en un traje formal negro; parecía un ángel de la muerte, apuesto pero letal.—Levántate. Tienes diez minutos antes de que cambie de opinión —sentenció Diego con frialdad. No hubo buenos días. Solo una orden absoluta.Elena, que estaba lista desde el amanecer, se puso de pie de inmediato. Sin embargo, al dar el primer paso, su cuerpo, aún en proceso de recuperación, flaqueó. Diego se movió veloz como un rayo, sujetando el brazo de Elena con fuerza para evitar que cayera.—No hagas que me arrepienta de haberte sacado —susurró él. Su agarre no era tierno; era una advertencia.—Suéltame. Puedo caminar sola —Elena tiró de su brazo con brusquedad, pero Diego apretó aún más su sujeción hasta que ella soltó una mueca de dolor.—Caminarás a mi lado, o te enc
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