Diego permanecía inmóvil en el suelo; la mitad de su rostro se sentía entumecida y ardiente tras la bofetada de Elena, que había sido de una fuerza descomunal. Sin embargo, el dolor físico no era nada comparado con el caos que reinaba en su mente. Sus ojos se clavaron con intensidad en Elena, quien permanecía de pie, temblando en un rincón de la habitación. La joven parecía destrozada, con la respiración entrecortada en medio de un llanto histérico.
—¡Tú quemaste esa casa! ¡Dejaste que mi abuel