Bendíceme, padre, porque he pecado.Gabriel.Nunca te acostumbras del todo al silencio de una iglesia al anochecer. El aire se siente más denso, impregnado de incienso antiguo. Siempre me siento en el confesionario los martes, en esa pequeña cabina apenas más grande que un armario de escobas, mirando fijamente una cruz de madera opaca, esperando el arrastrar de pies, una tos, un susurro, el deslizamiento de la mampara. La mayoría de la gente viene por los mismos pecados: pequeños, comunes, a veces incluso aburridos. Una mentira por aquí. Un arrebato por allá. Unos cuantos hombres murmurando sobre dinero, una mujer enfadada con su cuñada. Pero esta noche, el silencio cobra vida. Lo presiento antes de oírla.Sus pasos son suaves y marcan un ritmo pausado sobre el mármol, y cuando se sienta, sé que es ella. Mara. La nueva obsesión de la parroquia, y la mía. Nunca llega temprano a misa, siempre se cuela justo después de las campanas, con el pelo un poco revuelto, la mirada baja, los labio
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