La mañana del viernes se sentía diferente, vibrante. Farah decidió que, tras semanas de auditorías intensas y tensiones corporativas, necesitaba un respiro antes de su gran cita. Se tomó el día libre en la empresa y condujo hasta el barrio de Alina. Necesitaba a su amiga, necesitaba una voz que no hablara de márgenes de ganancia ni de logística.En la pequeña sala de Alina, el tiempo parecía haberse detenido. Afuera, el ruido del tráfico y la vida acelerada del barrio humilde continuaban, pero dentro, el vapor de las tazas de café creaba una burbuja de intimidad. Farah dejó la taza sobre la mesa ratona, con un suspiro que parecía llevar guardando días.—A veces me miro al espejo en esa mansión, Alina, y no me reconozco —comenzó Farah, con la voz un poco quebrada—. Me veo envuelta en telas caras, manejando presupuestos de millones de dólares y durmiendo al lado, bueno cerca, de un hombre que parece sacado de una portada de revista. Pero luego... luego llega una noticia como la de Sween
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