Arnaldo sonrió al ver que la mujer se niega a reconocer que el bebé es miembro de la familia más poderosa y millonaria de ese país.—No por mucho tiempo, porque en estos días lo pienso registrar como mi hijo legítimo y, por lo tanto, sí llevará mi apellido. —le contestó.—Ya veremos si te atreves a hacerlo. —Lo retó.—¿Entonces, le vas a permitir a mi abuelo y a mi papá que conozcan a su primer nieto y bisnieto?—Ni en tus sueños te presto a mi hijo para que lo lleves a la casa donde está la señora Esperanza. Escúchame bien, Arnaldo, ni loca lo permitiré.—No, corazón, es que yo no me lo voy a llevar. Ellos están allá afuera en el auto esperando a que yo les dé la orden de bajarse.—Ah, bueno, ahí sí, ya cambia la cosa. Por favor, hazlos pasar. Desde que llegaste, me lo hubieses dicho, seguro ellos van a pensar que es que yo no quiero que vengan.—¿Por qué a ellos sí los tratas con respeto y a mí no? —se quejó.—Porque ellos merecen ser tratados como me trataron mientras fui parte de
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