El descenso fue una eternidad aterradora y sin aliento. El viento helado aulló al pasar por los oídos de Isabel, arrancando violentamente los últimos jirones que quedaban de su vestido de seda carmesí. Apretó los ojos cerrándolos con fuerza y hundió el rostro en la curva del cuello de Santiago. Sintió los músculos pesados y marcados de su ancho pecho tensarse contra ella, preparándose para el inevitable y brutal impacto.Impactaron contra el agua.La colisión fue agónica. Se sintió como estrellarse de cabeza contra un muro sólido de hormigón helado. El mar Mediterráneo le arrebató violentamente a Isabel el poco aliento que le quedaba en los pulmones. El frío extremo y estremecedor se apoderó de sus músculos al instante, enviando mil agujas agónicas de dolor disparadas a través de su sistema nervioso.El agua oscura se precipitó sobre su cabeza, arrastrándola hacia las profundidades aplastantes. Sabía fuertemente a sal, a algas de aguas profundas y al regusto agudo y metálico del cobre
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