El silencio dentro de la habitación principal era ensordecedor. El olor amargo a pergamino quemado persistía pesadamente en el aire, mezclándose con el aroma agudo y embriagador de la colonia de sándalo de Santiago.Isabel se quedó petrificada junto al lujoso sillón de terciopelo. Miró fijamente al hombre que acababa de conquistar su cuerpo y su alma horas antes. El depredador despiadado e invencible había desaparecido. Santiago miró la llave de metal negro que descansaba en el cenicero de cristal como si un fantasma letal se hubiera materializado en el centro de su habitación.La sangre desapareció de su apuesto rostro. Su piel bronceada adquirió un tono gris enfermizo y aterrador.—Santiago —susurró Isabel. Su voz tembló solo una fracción, rompiendo la pesada tensión.Él metió la mano en las oscuras cenizas. Sus dedos largos y callosos se cerraron con fuerza alrededor del pesado metal. Los extraños y antiguos grabados de la llave captaron la luz del sol de la mañana, proyectando somb
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