La luz de la mañana que se filtraba por los inmensos ventanales del piso al techo del ático carecía por completo de calidez. Arrojaba un tono gris y apagado sobre los inmaculados suelos de mármol blanco, igualando a la perfección el pesado pavor que se instalaba en lo más profundo del estómago de Valentina.
Estaba de pie cerca de la isla de la cocina, vistiendo un grueso suéter de cachemira que había encontrado enterrado en el fondo del armario. Mantenía las manos fuertemente envueltas alrededo