34. Confesiónes
EmirIba procesando cada palabra que me decía Valeria. Era extraño, pero, de alguna forma, todo comenzaba a acomodarse dentro de mí. No recordaba aún, pero había una sensación persistente de que las piezas empezaban a encajar.Cuando la psicóloga mencionó lo que yo había contado en la sesión, recorde lo del bosque, la pulsera que le regalé, la compra del vestido de novia, todo adquiría sentido. Cada fragmento, cada imagen confusa, tenía una respuesta.Y esa respuesta era ella.La mujer de mis pesadillas, de mis sueños de esos recuerdos incompletos, era Valeria.—Lamento no poder recordarlo todo, Valeria… —murmuré con pesar.Ella respiró hondo, conteniendo algo más profundo que tristeza.—Tranquilo, sé que es difícil —dijo con suavidad, aunque su voz cargaba frustración—. Escuchar versiones que encajan y otras que no, no es fácil. Tienes amnesia, Emir. No puedes obligarte a recordar, pero le pido a Dios que algún día lo hagas, para que todo esto tenga sentido.Asentí lentamente, con un
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