UN DESAYUNO ESPECIALEl desayuno llegó junto con Davi. Entró corriendo y trepó a la cama, lanzándose a los brazos de Maria Fernanda.—Hola, mamá —sonrió—. ¿Aún puedo llamarte mamá? —se puso serio.Maria Fernanda le acarició el rostro:—Claro, mi amor. Entendí que, a partir de ahora, siempre será así: yo soy tu madre y tú serás mi hijo.Él acarició su vientre:—Eh, Mary, ahora soy tu hermano de verdad.—Ya lo eras, enano. —le despeiné el cabello.—No soy un enano —protestó—. Soy un príncipe.—No, el príncipe soy yo —dejé claro.—No soy un enano. Soy un niño. Y soy el príncipe de mi mamá, ¿verdad? —apoyó la cabeza en su regazo, provocándome.Respiré hondo. Estuve a punto de decir que ese lugar era mío. Pero recordé que era solo un niño. Aunque en el cuento de hadas… seguía siendo un enano.Tomé la gran bandeja y la coloqué en medio de la cama:—Hoy el desayuno será diferente. Vamos a compartir… y en la cama.Manzanita respiró hondo, hizo una mueca y tomó la manzana.—¿Aún no te gustan l
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