¡Vino! Mi padre estaba sentado en su silla de ruedas, junto a un sofá que valía más que nuestra casa en las afueras, tomando vino importado con Enzo Asheton. Seguramente no hablaban de la bolsa ni de hoteles cinco estrellas buenos para hospedarse.
Corrí hacia él y lo abracé con fuerza, casi derramando el vino que tenía en la mano.
— Te extrañé tanto, papá.
— Yo también. Y creo que me debes algunas explicaciones —miró mi barriga—. Creo que fui el último en enterarme.
— Lo sé, papá.
Miré a Enzo,