UN DESAYUNO ESPECIAL
El desayuno llegó junto con Davi. Entró corriendo y trepó a la cama, lanzándose a los brazos de Maria Fernanda.
—Hola, mamá —sonrió—. ¿Aún puedo llamarte mamá? —se puso serio.
Maria Fernanda le acarició el rostro:
—Claro, mi amor. Entendí que, a partir de ahora, siempre será así: yo soy tu madre y tú serás mi hijo.
Él acarició su vientre:
—Eh, Mary, ahora soy tu hermano de verdad.
—Ya lo eras, enano. —le despeiné el cabello.
—No soy un enano —protestó—. Soy un príncipe.
—No