La tregua del invernadero se extinguió tan pronto como el sol comenzó a ocultarse tras la bahía de Key Biscayne, tiñendo el cielo de un rojo violento que parecía un presagio terrible de lo que estaba por venir.Helena había regresado a su habitación con el pulso aún alterado, no por el miedo que usualmente la asfixiaba, sino por el eco de los besos de Alexander. Por primera vez en semanas, se sentía resguardada.La calidez de los brazos de Alex y su promesa de falsificar el ADN dentro de ocho meses le habían devuelto la esperanza.Se tocó el vientre por encima del vestido de lino, el bebé estaba a salvo, y ella, por fin, confiaba ciegamente en el único hombre que había estado dispuesto a desafiar al diablo por ella.Sin embargo, en la mansión de los Miller, la paz nunca era real, era solo el intervalo entre dos ejecuciones.Helena se encontraba
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