El tiempo pareció congelarse en el gran vestíbulo de mármol de Key Biscayne. El eco de las risas infantiles que flotaba desde el pasillo del fondo se apagó de golpe, devorado por el sonido rítmico, denso y pesado del goteo de la sangre.Gotas carmesí sobre la seda negra de su camisa. Gotas de una factura biológica implacable que el cuerpo del magnate ya no podía contener.Helena se quedó inmóvil un segundo, sintiendo cómo el alma se le escapaba del cuerpo.Sus ojos esmeralda, que minutos antes reflejaban la luz de la victoria y la paz familiar, se abrieron de par en par, fijos en la imponente figura de su hombre.Alexander, el titán indestructible, el que había desafiado imperios, sobrevivido a la amnesia y al naufragio en el Atlántico, se sostenía a duras penas contra la pared de piedra.Su mano temblaba, perdiendo adherencia contra la superficie. La palidez de su rostro era la de un espectro, la mandíbula, habitualmente rígida y arrogante, colgaba tensa por el dolor de un golpe inte
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