Nicolás OrtizVerla cruzar la puerta de la sala de juntas con el sastre rojo encendido fue como ver una declaración de guerra materializarse frente a mis ojos.Llegaba tarde. El reloj de oro en mi muñeca marcaba las dos y tres, y si algo detestaba en este mundo, era la falta de rigurosidad con el tiempo. El desorden en la agenda me provocaba una irritación casi física, un tic imperceptible en la mandíbula. Sin embargo, en cuanto la pesada puerta de madera se empujó y ella avanzó con esa caminata felina, segura y firme sobre sus tacones, el reproche que tenía preparado en la punta de la lengua se disolvió, transformándose en algo mucho más oscuro, denso y difícil de catalogar.—Buenas tardes, caballeros. Disculpen la demora —dijo Isabel, barriendo la sala con una sonrisa corporativa, impecable y fría que no llegó a tocar sus ojos—. El tráfico en la avenida central es imposible.—No se preocupe, abogada —respondió el presidente de la constructora, un hombre que manejaba miles de millone
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