Nicolas Ortiz
El pitido sordo del teléfono marcando el fin de la línea dejó un vacío ruidoso en la suite, pero no me retiré. Me quedé completamente inmóvil, sepultado por completo en su interior, conteniendo el aire mientras los músculos de mi pecho presionaban de forma pesada contra sus senos desnudos. Mis manos, que antes la sujetaban con lascivia, se cerraron en puños rígidos a ambos lados de su cabeza, aplastando las sábanas de hilo blanco. Sentía el relieve de mis propias venas brotarse en