Punto de vista de Ninette
Seraphina Valerio cerró la puerta de la sala de interrogatorios con un clic suave, como si estuviera entrando en su salón de té y no en el infierno donde yo me ahogaba. Su perfume caro llenó el aire: jazmín y poder. Me miró desde arriba, con esos ojos verdes idénticos a los míos, y sonrió. Una sonrisa que no llegaba a sus labios. Fría. Calculada. Pero había algo más debajo. Algo que me hizo sentir el estómago revuelto de una forma que no era solo odio.
—Mi hija —dijo,