Punto de vista de NinetteSeraphina salió de la sala sin decir una palabra más, cerrando la puerta con un clic que sonó a rendición. O a trampa. No me importó. Porque Marco ya estaba sobre mí.Sus manos —esas manos grandes, callosas, que conocían cada curva de mi cuerpo— me agarraron la cintura con fuerza bruta y me levantaron de la silla como si no pesara nada. Me pegó contra la pared fría de la sala de interrogatorios, y el metal helado me mordió la espalda mientras su cuerpo caliente se aplastaba contra el mío. Su boca cayó sobre la mía sin piedad. No fue un beso. Fue un hambre. Dientes chocando, lengua invadiéndome profundo, saboreando mi llanto y mi rabia y mi puto deseo todo al mismo tiempo.—Joder, Ninette —gruñó contra mis labios, la voz ronca, rota, animal—. Te amo. Te amo tanto que me duele el pecho. Desde esa noche en el bar, cuando te vi llorar por ese hijo de puta… supe que eras mía. No por Seraphina. No por la sangre. Por esto.Su mano bajó por mi costado, áspera, posesi
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