La noche no avanzaba, se estancaba. Isabella lo había aprendido la primera hora: en un espacio sin ventanas, sin teléfono, sin ninguna referencia exterior, el tiempo deja de ser una herramienta y se convierte en una presión. No dramática, no gritada, solo constante y sorda, como el peso de algo que no tiene forma pero que ocupa todo el espacio disponible.Permanecía sentada sobre la superficie fría del suelo, con la espalda apoyada contra el muro de concreto y las manos descansando sobre sus rodillas. Su mirada recorría una y otra vez el perímetro de la habitación con la sistematicidad de alguien que ha pasado años entrenando el ojo para encontrar ventajas donde otros solo ven paredes. No había salidas visibles. No había cámaras evidentes. No había errores aparentes. Rodrigo nunca había sido de
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