El sonido rítmico de las olas rompiendo suavemente contra la arena blanca era el único reloj que importaba en este lugar. Lejos del asfalto, de los rascacielos de cristal y del incesante ritmo del imperio corporativo, nuestra villa privada frente a las costas del mar Caribe, en el sur profundo cerca de Barahona, se había convertido en nuestro santuario personal.La brisa cálida de la tarde jugaba con la falda de mi vestido de lino blanco mientras observaba la escena frente a mí.Mateo, que ya había cumplido cinco años, estaba completamente concentrado en la construcción de una fortaleza de arena, dando instrucciones con una seriedad que era una réplica exacta y adorable de la de su padre. A pocos metros de él, sentada sobre una manta bajo la sombra de las palmeras, la pequeña Sofía, de apenas un año, aplaudía con entusiasmo cada vez que una ola destruía los bordes del foso de su hermano.Escuché el suave crujido de la arena a mis espaldas y, un segundo después, unos brazos fuertes y f
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