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Rutinas que no salvan a nadie

Seis semanas después, Mara tenía un sistema.

No era un buen sistema, pero era lo suficientemente preciso como para sostenerla.

Se despertaba a las 6:14 — nunca a las 6:15, nunca a las 6:00 — porque había algo tranquilizador en ese margen exacto, en esa pequeña decisión arbitraria que solo le pertenecía a ella. Bajaba a la deli de la esquina porque la cafetera de su nuevo apartamento hacía un sonido insoportable, casi agónico, y no había tenido la energía para arreglarla. Tomaba el tren a las 7:03. Ventana si podía. De pie si no.

Y siempre, siempre, algo en los audífonos para no pensar.

Había cambiado cuarenta y tres cuadras y, con ellas, una vida entera.

El nuevo apartamento era más pequeño, más silencioso, más honesto en su incomodidad. No tenía ascensor. El radiador golpeaba cada noche a las dos de la madrugada como si tuviera algo urgente que decir. Las paredes eran de un blanco indeciso que no lograba ser limpio ni cálido.

Y, junto a la ventana, había una planta que no era suya.

La había llamado Gerald.

Gerald no pedía explicaciones. No hacía preguntas. No traicionaba.

Hasta ahora, era su relación más estable.

Trabajaba en Voss & Laine Editorial, una agencia literaria donde llevaba cuatro años construyendo una reputación que no tenía nada que ver con su vida personal. Era buena en lo que hacía. Excepcional, incluso.

Arreglar historias rotas.

La ironía no pasaba desapercibida.

Aquella mañana llegó siete minutos antes. No porque quisiera ser puntual, sino porque el silencio del apartamento empezaba a volverse insoportable si permanecía en él demasiado tiempo.

El ruido del mundo, al menos, era neutral.

Estaba en su segundo café cuando la puerta de su oficina se abrió sin aviso.

—Tenemos un problema —dijo Priya.

Mara levantó la vista lentamente.

—Define problema.

—Nathan Cole.

Ese nombre fue suficiente.

Nathan era brillante. Y completamente caótico.

—¿Qué hizo ahora?

—No responde llamadas. Ni correos. Y su vecina llamó a la oficina.

Mara frunció el ceño.

—¿Su vecina tiene nuestro número?

—Porque esto ya ha pasado antes.

Silencio.

—Y puede que haya adoptado un perro… —añadió Priya—. Y el perro necesita salir.

Mara ya estaba de pie.

—Mándame la dirección.

El tren hacia Brooklyn iba lleno, como siempre, pero Mara apenas lo registró. Observaba el reflejo borroso en la ventana, superpuesto con el mapa del metro, como si estuviera intentando ubicarse en una vida que aún no terminaba de reconocer como propia.

Todo el mundo llevaba algo.

Cansancio. Historias. Pérdidas.

Eso, al menos, la hacía sentir menos sola.

El edificio de Nathan era exactamente lo que uno esperaría de él: estrecho, ligeramente descuidado, con una dignidad que resistía el abandono.

Tocó el timbre dos veces.

Nada.

Estaba por insistir cuando la puerta se abrió de golpe desde adentro.

Y el hombre que salió no era Nathan.

Era más alto de lo que esperaba. No de forma exagerada, pero sí lo suficiente como para notarlo. Llevaba una chaqueta oscura húmeda por la lluvia y sostenía la correa de un perro pequeño que, sin previo aviso, se lanzó hacia ella con una energía completamente desproporcionada.

—Biscuit, no—

El perro ignoró la orden y lamió su mano como si la conociera de toda la vida.

Mara se agachó sin pensarlo.

—Está bien —dijo.

—No es mío —aclaró él, casi demasiado rápido—. Es… una situación.

Ella alzó la mirada.

—Nathan Cole.

Él parpadeó.

—Sí… ¿cómo—?

—Soy su agente.

El silencio que siguió fue breve, pero cargado de reconocimiento.

—Entonces eres tú —dijo él, como si algo encajara.

—Relentless —añadió después.

Mara arqueó una ceja.

—Eso depende del día.

—Caleb —dijo él, extendiendo la mano—. Vivo en el 3B.

—Mara.

El apretón fue firme. Breve. Profesional.

Pero suficiente para que algo —pequeño, imperceptible— cambiara de lugar.

Nathan, al final, estaba bien.

Desordenado. Exhausto. Al borde del colapso creativo.

Pero bien.

Mara hizo lo que siempre hacía: reorganizó el caos hasta que volvió a parecer manejable.

Cuando salió del edificio, Caleb seguía allí.

Sentado en los escalones. Con el perro dormido en sus piernas.

—¿Sobrevivió? —preguntó.

—Por ahora.

Ella empezó a bajar los escalones.

—El café de esta cuadra es terrible —dijo él, como si fuera un dato irrelevante—. Pero hay uno bueno dos calles más allá.

Mara se detuvo apenas un segundo.

No era una invitación.

No exactamente.

Pero tampoco era solo información.

—Lo tendré en cuenta —respondió.

Y siguió caminando.

Sin mirar atrás.

Sin detenerse.

Pero con una certeza incómoda instalándose en su mente, mucho antes de que estuviera lista para admitirla:

Hay encuentros que no parecen importantes…

hasta que cambian algo que no sabías que estaba roto.

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