Al llegar al hospital, Hector apenas estaciona el coche y ya está abriendo la puerta para su esposa. Los dos caminan por los pasillos ya tan conocidos, pero esta vez el corazón late diferente: es alivio, alegría y ansiedad, todo junto.Cuando entran en el área pediátrica, son recibidos con sonrisas por el equipo médico. Una de las enfermeras se acerca y habla en voz baja:—Pueden entrar. Ya está listo esperándolos.Mientras atraviesan la última puerta, Ava aprieta la mano de su marido, hasta que ve a su hijo.Liam, fuera de la incubadora, estaba vestido con el mameluco azul claro que ella había separado días atrás. Sin cables, sin monitores. Solo él, pequeñito, tranquilo, durmiendo en la cuna térmica.—Está durmiendo… —Susurra, con los ojos llenos de lágrimas.—Y sin ningún aparato —completa Hector, visiblemente emocionado.—Un milagro —murmura ella, acercándose con cuidado.El médico se aproxima, sonriendo.—Está bien. Respira por sí solo, con todos los signos estables. Ha ganado pes
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