En el aeropuerto, mientras mira el reloj, David se inquieta. Ya casi es la hora del vuelo y Pérsia aún no había aparecido.
—No puedo creer que esa bajita me va a dejar plantado —murmura, impaciente.
Cuando está a punto de llamarla, la ve llegar, arrastrando sus maletas.
—Perdón por la demora. Tuve un imprevisto —dice ella, con la expresión un poco cansada.
—Pensé que ibas a desistir —se burla él.
—No soy el tipo de persona que desiste a última hora. Si dije que iba, voy. Tengo palabra y sé muy