Veinte años después de aquella medianoche en el salón, la mansión Blackwood seguía en pie, más imponente que nunca, pero con un alma diferente. Los jardines habían crecido salvajes en algunas partes, como si la naturaleza misma hubiera decidido honrar el fuego que una vez ardió entre sus antiguos dueños. El invernadero, sin embargo, permanecía impecable. Las rosas blancas florecían todo el año, contra toda lógica botánica, y nadie se atrevía a podarlas más de lo necesario.Elena Blackwood, ahora con treinta y siete años, regresó a la mansión después de una ausencia de casi dos décadas. Había huido con aquel chico que su padre odiaba —un joven de familia rival, hijo de un hombre que Ethan Blackwood había arruinado en los negocios muchos años atrás—. La historia se repetía con una precisión casi cruel.Llegó al atardecer, con dos maletas viejas y una niña de doce años de la mano. La pequeña se llamaba Isabella, como su bisabuela.Sophia, ya anciana pero con la misma mirada afilada de si
Leer más