La voz de Leonardo al otro lado del teléfono había sido un bálsamo de seguridad y promesas oscuras, pero no lograba quitarme el mal sabor de boca. Pasé las siguientes dos horas encerrada en mi despacho, rechazando llamadas y devorando los documentos legales que Vance había dejado sobre mi mesa. Cristian me había bloqueado el primer movimiento, sí, pero yo no me iba a quedar de brazos cruzados.
Estaba sumergida en la lectura de una estrategia de apelación cuando la puerta de mi oficina se abrió