La calidez del pecho de Leonardo y el murmullo de sus promesas de apoyo no lograron apagar el incendio que me consumía por dentro; solo le dieron una dirección. Me quedé allí, estática entre sus brazos húmedos durante lo que parecieron horas, dejando que mis últimas lágrimas se mezclaran con el agua de la piscina de Cannes. No era un llanto de alivio, era el vaciado definitivo de mi alma.
Lo que me sorprendió, sin embargo, fue la paciencia de Cavalli. Para ser un hombre acostumbrado a que el mun