El imponente todoterreno negro cruzó las rejas de hierro forjado de la mansión Smith, y el estómago se me estrujó con tanta fuerza que me dolió el pecho. Contemplé la enorme fachada de piedra a través de la ventanilla. Hacía apenas un mes, este lugar era mi hogar, el refugio donde me despertaba con la piel encendida en los brazos del hombre que amaba. Hoy, no era más que una jaula de oro. Un campo de batalla.
«Sé mi caballo de Troya», me había dicho Leonardo. Repetí sus palabras en mi mente com