La mañana en Cannes entró con una luz cegadora que me pareció una bofetada. Tras pasar la noche en vela, firmando digitalmente los primeros acuerdos preliminares con los abogados de Cavalli, me encerré en el baño de la suite. El olor a azahar del exterior me resultaba insoportable. Tenía una misión, tenía un pacto con el diablo, pero el cuerpo tiene una memoria maldita que no responde a los contratos.
Me senté en el borde de la cama y, con una mano temblorosa, saqué el teléfono del fondo de mi