La cena avanzó como una obra de teatro macabra donde cada cubierto de plata que chocaba contra la porcelana sonaba como el disparo de un arma. A mi derecha, Leonardo se comportaba como el perfecto caballero italiano: elocuente, sofisticado, llenándome de halagos y comentando con absoluta ligereza cómo el consorcio Cavalli planeaba reestructurar las rutas marítimas que acababa de arrebatarle al Holding Smith.
Frente a él, Cristian era la viva imagen de un demonio contenido. Apenas probó bocado.