A las siete y media de la tarde, la mansión Smith parecía un mausoleo de piedra y cristal. Me paré frente al espejo de la habitación principal, dándole los últimos toques a mi aspecto. Había elegido un vestido de seda amarillo, de tirantes finos y con una caída fluida que acariciaba mis curvas, el color exacto que Cristian tanto odiaba ver en mí porque le recordaba al consorcio Cavalli. Me coloqué unos pendientes de diamantes y me pinté los labios de un rojo carmesí tan intenso que parecía un d