Zamira
El lunes por la mañana, la atmósfera en mi despacho era completamente distinta. Nicol ya no era la asistente perezosa que arrastraba los pies; llegó antes de las siete, pero no traía su libreta en la mano, sino una furia contenida que hacía que sus tacones repicaran contra el suelo como ametralladoras.
Dejó caer mi café sobre el escritorio y comenzó a caminar de un lado a otro, cruzada de brazos, murmurando insultos en