Frente a él, el gigante ya se había incorporado; sostenía la vara de hierro en alto, listo para asestar el golpe final.Christian intentó levantarse, pero el dolor en su cuerpo era insoportable. Sentía el brazo fracturado, las costillas rotas y una opresión asfixiante en el pecho. Su respiración se volvía errática y superficial.La sangre brotaba de su labio partido, de su nariz y de la sien, que se había golpeado al caer. Su visión, empañada por el rojo de sus propios ojos, empezaba a nublarse, pero aún podía ver, oír y sentir.Vio al hombre erguido ante él. La vara de hierro se alzaba imponente, lista para descargar el impacto definitivo contra su cráneo.—Lo siento —dijo el hombre con voz plana, sin rastro de remordimiento—. Solo cumplimos las órdenes de nuestro señor.El hombre descargó el golpe.Christian cerró los ojos.Perdóname, Bella. No podré volver a casa. No podré protegerte más. No podré...Señor, si este es mi momento, por favor cuida de Bella. Protégela. Hazla f
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