Esmeralda
La seda se pudre con una rapidez asombrosa en la oscuridad.
El dobladillo de mi vestido blanco, aquel que mandé a confeccionar con los tejedores del este para que brillara como escarcha bajo las antorchas del Gran Salón, ahora no era más que un jirón de trapo húmedo y negruzco que se pegaba a mis tobillos como la piel de un cadáver. Cada vez que me movía, el lino áspero de la paja podrida se me clavaba en las rodillas, y el olor de la celda número cuatro —el olor a orina, a moho y a l